martes, 22 de enero de 2008

Un tal Vladimir Ulianov 1: Introducción

Uno no sabe que es peor, la denigración sistemática o la exaltación casi religiosa. Cierto es que los denigradores se sitúan normalmente a la derecha (aunque también los hay de izquierdas), pero en muchos casos, la exaltación ha servido para acometer barbaridades sin cuento en su nombre. Estamos hablando de Lenin, paradigma de la revolución en el siglo XX.

No resulta sencillo hablar de Vladimir Illich Ulianov, mucho más conocido como Lenin, de una manera “objetiva”. Pero podemos empezar asegurando que no fue dios pero tampoco el diablo. También podemos decir que se le ha considerado como "el personaje más influyente del siglo XX", lo cual es verdad si lo vemos desde el activo revolucionario. Pero la revolución en su conjunto, fracasó. Por lo tanto, quizás fueron más influyentes los contrarrevolucionarios mal nos pese, Hitler por ejemplo, e incluso Stalin que en no poca medida facilitó el ascenso de éste haciendo que los comunistas alemanes se suicidaran (y de paso, todo el movimiento obrero germano), al anteponer la lucha contra la socialdemocracia (=socialfascismo) a la que les obligaba a hacerlo con todos sus medios contra los nazis. El ascenso del nazismo no fue menos influyente en el curso del siglo que la revolución de Octubre, su mayor negación.

Uno de los dogmas de la restauración conservadora es que “Lenin tuvo la culpa”. Éste dogma acabaría siendo aceptado por la socialdemocracia, y pasaría a ser de obligado cumplimiento en el único diario de izquierdas del Estado, El País. A partir de mediados los años ochenta, este diario a través de sus editoriales y de las tribunas de sus firmas más reconocidas (en su mayoría de antiguos “radicales” o comunistas como Javier Pradera, Antonio Elorza, Santos Juliá, Cullá, etc), certificaba una y otra vez el axioma según el cual no existían diferencias entre Lenin y Stalin, y por lo tanto era equiparable a otros tiranos en nombre del socialismo, y por lo mismo con los grandes genocidas como Hitler. Curiosamente, en esta lista que se repetía con bastante alegría no aparecían personajes como Kissinger o Nixon, ni tan siquiera Franco. Franco no estaba catalogado como “totalitario” sino como “autoritario”, y así lo afirmó el mismo Felipe González. Este matiz era importante tanto para evitar fricciones “innecesarias” con la derecha, y claro está, también con los norteamericanos. Como es sabido, Felipe prefería antes morir en Nueva York que en Moscú. Supongo que en el primer caso se goza de recomendación celestial.

En esta nueva catalogación que gozaba de la ventaja de estar incluida en el ABC del pensamiento único, a Lenin se le atribuía la “ideología” que había dado lugar al estalinismo; un criterio totalmente coincidente con el estalinismo, recordemos que en uno de los peldaños del ascenso de Stalin constaba que era “El Lenin de hoy”, esto además de ser codificador del “marxismo-leninismo”, en base al cual se establecía la escolástica infalible de la continuidad desde la jefatura de un Estado que había nacido como representante de los soviets y que había acabado en todo el poder para el secretario general. También se le habían encontrado diversas miserias menores (por ejemplo se decía que se hizo revolucionario para vengar a su hermano), pero sobre todo se estableció que la prueba “definitiva” –el “pecado original” según el que había sido Evgeni Evtuchenko estribaba en los documentos que se habían encontrado, y que daban noticias de una actitud despiadada durante el curso de la guerra civil. No solamente dio su “enterado” al exterminio completo de la familia Romanov, incluyendo criaturas, también firmó notas de fusilamientos masivos de rehenes. “Por sí hacía falta”, escribía Santos Juliá, estos datos confirmaban dicha continuidad.

En medio de semejante campaña de denigración no había mucho más que hablar, y durante años Lenin fue tasado como culpable sin la menor posibilidad de defensa y de debate. Parecía que no había más que hablar. Argumentar por ejemplos sobre lo que había sido la “Gran Guerra” (un evento que se atribuía sin más a los “nacionalismos”, los siguientes enemigos, sobre todo si eran sin Estado o sea “resistentes”), sobre el fracaso de un “Gobierno provisional” incapaz de poner fin a una guerra que por abajo nadie quería, sobre las ilusiones auténticas del proyecto revolucionario con su flamante Constitución que garantizaba todas las libertades…No había tampoco nada que hablar sobre una guerra civil promovida por las potencias democráticas a la que no les importaba ni mucho menos instaurar una dictadura militar…Desaparecía toda la biografía concreta, sus debates y sus escritos, todo lo que había “seducido” a tantos otros personajes del siglo, a buena parte de la intelectualidad mundial, toda ella al parecer “ingenua”. El método implicaba un reverso que consistía en negar o al menos diluir los océanos de sangre producidos por la burguesía y la reacción: el colonialismo, las guerras, su apoyo a los fascismos…De esta manera, un personaje como Wiston Churchill que había apoyado inicialmente a Mussolini, a Hitler y también a Franco, era limpiado de cualquier “pecado original” y se erigía como el personaje histórico más admirado de la Europa de finales del siglo XX.

Sin embargo, los méritos de Lenin eran muchos para tirarlos a la basura. Era un admirador y en buena parte heredero de la tradición democrática y socialista rusa, y en particular del “padre del marxismo” en el país: George Plejanov. Su formación marxista se manifestó en un primer libro, El desarrollo del capitalismo en Rusia, que suponía el análisis exhaustivo de cómo económicamente Rusia había entrado en el capitalismo y dejado atrás su fase “feudal”, y como este sistema de producción se estaba imponiendo incluso en el agro, la gran reserva de la alternativa social populista que hasta había hecho dudar a Marx. Su obra se ha traducido a casi todos los idiomas conocidos. Se me dirá que esto era una derivación del peso de la URSS. Pues la verdad es que si hubiera sido así, igual habría ocurrido con los escritos de Stalin, pero estos siempre fueron publicados por el partido afín, y entre nosotros por una editorial de la ORT, y esto justo poco antes de su crisis final. Recuerdo como en la época en que estuve en Francia (1968-1971), Lenin era copiosamente editado por las editoriales totalmente ajenas al PCF, buena parte de ellas de mayor prestigio. Aparecían toda clase de estudios leninianos, y algo parecido sucedió aquí desde mediado los años setenta hasta el final de la década. Una colección de títulos suyos fue minuciosamente preparada por Fernando Claudin. Akal por ejemplo se metió en la empresa de sus obras completas, aunque creo que las tuvo que dejar. En castellano fueron editadas por Cartago. Durante la II República, también ampliamente editado.

No se editaban solamente sus títulos más conocidos como lo pueden ser ¿Qué hacer?, o El imperialismo, fase suprema del capitalismo, también aparecían toda clase de recopilaciones, sobre la cuestión nacional, sobre el arte y la cultura, la emancipación de la mujer, el internacionalismo, la prensa obrera, etcétera. En la mayoría de caso se beneficiaban de las traducciones de los años treinta (por ejemplo, Fontamara editó su Correspondencia que había sido traducida del ruso por Andreu Nin), pero no es menos cierto que en la mayoría de ocasiones se trataba de varias ediciones. A esto hay que añadirle las numerosas biografías (entre ellas la que Paco Fernández Buey realizó para la colección Conocer a…de Dopesa), amén de aportaciones clásicas como las de Trotsky, Máximo Gorki (la censurada por el estalinismo y la original), Clara Zetkin, Bujarin, y por supuesto los diversos “tratados” estalinianos: Principios, Fundamentos, Cuestiones, en su mayor parte en Akal, por entonces bastante relacionada con el PTE. En este tiempo, como lo fue en la República, la izquierda en su casi totalidad hablaba con respeto de Lenin, por más que le pudiera criticar tal o cual aspecto. Esto último fue evidente en las escuelas anarquistas y consejistas, aunque poca gente sabe que estos últimos habían sido más “leninistas que Lenin”, y que éste escribió El izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo, contra el leninismo precipitado del primer período de la Internacional Comunista, tan cabalmente representado por el Lukács del Lenin. La coherencia de un pensamiento, y de Historia y conciencia de clase, dos obras por lo demás impresionantes al margen del subjetivismo acentuado tan propio de una fase en que la todo indicaba que se podía reproducir Octubre….

Pero aparte del teórico marxista, Lenin fue el padre del “instrumento” central de la revolución de Octubre, del bolchevismo ruso y como tal fue a principios del siglo XX una personalidad muy reconocida en el seno de la II Internacional, donde se alineó con la izquierda que identificaba sobre todo con Karl Kautsky. Igualmente sería uno de los animadores de la conferencia internacionalista de Zimmervald, del socialismo que se opuso frontalmente a la “Gran Guerra” y denunció el “socialpatriotismo”…Su leyenda alcanzó su punto más álgido con su viaje a la Estación de Finlandia donde pronunció uno de los discursos más trascendente de la historia, marcando que, dado el fracaso del gobierno provisional, la única alternativa que le quedaba a la revolución era comenzar la revolución socialista internacional…En esta fase que culmina en Octubre, la actividad de Lenin fue impresionante tanto por arriba como por abajo. El escritor eserista Víctor Shklovski Viaje sentimental por la revolución, daba cuenta de los problemas que tenían los bolcheviques en una de las principales empresas de mayoría menchevique. Durante unos días Lenin fue siguiendo el curso de las asambleas, y cuando consiguió que le permitieran intervenir, cambió la correlación de fuerzas.

El mismo personaje que en vísperas de la revolución confiaba a unos estudiantes que posiblemente su generación no llegara a conocer la revolución, pasó a ser en un salto realmente vertiginoso el dirigente de la revolución de Octubre y del nuevo "Estado obrero" concebido como un prólogo a la revolución mundial, como expresión de la ruptura del “eslabón más débil de la cadena imperialista”, Como tal son inmortales algunas de sus medidas como la del control obrero, o la del derecho a las nacionalidades expresadas a través de un comisario llamado Stalin al que nadie conocía por entonces. Como cofundador de la Internacional Comunista, Lenin fue junto con Trotsky el defensor de las tesis sobre la política de frente único en oposición contra el optimismo revolucionario de los primeros años. Sus escritos en este terreno son de una densidad teórica impresionante, y poca gente sabe que fue muy duro contra los se inclinaban ante lo que decía el partido ruso, tanto fue así que defendió que la sede de la Internacional se trasladara a Berlín. el teórico jefe de Estado que se sobrepone a una guerra pavorosa, crítico de la burocracia, amargo adversario de Stalin antes de su muerte, patéticamente autocrítico al final de su existencia. Es la época que Moshe Lewin llama la de “último combate de Lenin”.

A pesar de la resistencia de su compañera, Lenin fue convertido post-mortem en el Supremo Hacedor de una nueva religión del Estado de cual Stalin sería el principal oficiante como lo demuestra su discurso ante su féretro. Desde este momento, Lenin resultaría desfigurado hasta lo indecible. Yo lo era -por supuesto- por parte de los ideólogos reaccionarios, capaces de amputarle toda clase de perversiones, atendiendo al estereotipo del revolucionario fanático y sin escrúpulos que hemos vistos en tantas películas. Pero con eso ya se contaba, como ha ocurrido tantas otras veces (y el cristianismo podría ser un buen ejemplo), lo será especialmente dentro. Como sí se tratara de una monarquía, Stalin pasó a ser “El Lenin de hoy”, y luego su único intérprete. Ya no había que leer, estudiar, debatir, equivocarse, no había lugar para nada de eso. El atraso secular, la suma de desastres (guerras), el aislamiento internacional, el peso de la antigua cultural funcionarial y de respeto a la jerarquía del Estado, los fracasos de otras revoluciones, las propias debilidades y contradicciones del bolchevismo muy dado al culto al “aparato”, todo ello se condensó en el surgimiento de una burocracia que encontró su mentor ideal en Stalin.

Después de la caída (del Muro de Berlín y de otros muros, todo ello sin ninguna reacción social digna de mención), Lenin siguió siendo una leyenda revolucionaria respetada por los de abajo. Recuerdo haber oído muchas veces la expresión “Aquí lo hace falta es un Lenin”, algo que, por supuesto, no se improvisa. Lenin no fue un hombre providencial, sino el producto de unas luchas, de unas circunstancias. Su legado tampoco es el propio de un mandato bíblico, y decir Lenin dijo, requiere sabe cuando, como ante, y que significa lo que dijo. No surgió de la nada, se hizo en diversas fases, y desde luego, no estuvo solo. Fue el primero entre iguales, y polemizó sobre todo con los suyos. El mismo que denostó a Trotsky (sobre todo entre 1907 y 1912, cuando don León trataba de “unificar” a los socialdemócratas), escribió numerosos elogios hacia Karl Kautsky, y lo citaba como una autoridad.

Como todo gigante de la historia y del pensamiento, Lenin tiene que ser estudiado cuidadosamente. Su época no es la nuestra, pero es que además, el mejor Lenin es el que sigue el estallido de la “Gran Guerra”, que se esfuerza por crear una alternativa a la socialdemocracia a la que había pertenecido. Es el Lenin lector de los “Cuadernos de Hegel”, el de la dialéctica revolucionaria que entiende que todo lo que no avanza, retrocede. Que insiste en la cita de Goethe según la cual el árbol de la vida es vede y el de la teoría es gris, y que por lo tanto hay que renovar constantemente los presupuestos analíticos si se quiere “aprehender” una verdad en movimiento. De hecho, la moda denigratoria no deja de representar un homenaje involuntario, y es que sí Lenin no fuese un potencial tan peligroso, ¿a qué perder tanto tiempo en denigrarlo?.

Recordemos que transcurrieron dos siglos para que los historiadores restituyeran el lugar histórico que le correspondía a Cromwell, y no hablemos de Robespierre y Saint-Just, de nuevos enterrados a finales del siglo XX, culpables de resultar los antecesores del Gulag.

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